
Le susurró al oído: “No intentes entenderme”.
Sus miradas fueron eternas.
Sus labios rozaron su rostro.
Se sonrojó, sonrío, lloro.
Presentía que vendría el final.
Ese final que nunca supo ver.
Esa verdad que siempre estuvo presente, pero que jamás se hicieron cargo.
“Hasta siempre”, lo miró y se fue.
¿A dónde?
A los brazos de alguien que finalmente la valore.
El sentado frente al mar decidió olvidarla.
Ella nunca lo entendió.
El nunca pretendió entenderla.
Un alma dividida en dos.
Fueron uno, fueron…
Flotaban dentro de esa energía que los envolvía.
Flotaban hasta que uno de ellos decidió aterrizar.
Dejar de chocar entre miedos y vivencias inconclusas.
Decidió bajar para ya no estar envuelta en un “no se, eterno”.
Aterrizaron -abrieron los ojos- se miraron.
¡Llegó a su fin! ¡Llegó a su fin!
Las huellas quedaron marcadas en la arena hasta que el mar las disolvió, como su amor fugaz que se disolvió o capaz nunca existió…
María José Castro
