
-Siempre me sucede lo mismo, no sé que tiene esa profesora conmigo, te juro que no lo entiendo. Mis acotaciones en clase no las escucha, no les da relevancia-
-Juancito, te pusiste a pensar ¿Por qué te pasa eso?-
-No, pero igualmente lo que más impotencia me da es que es una de mis materias preferidas-
-Ya lo sé que es una de tus materias preferidas pero capaz tu profesora no te oye bien-
-Si, tenes razón puede ser que no me escuche porque hablo bajo.
-Hablas muy bajo, sos muy tímido e introvertido, tenes que soltarte-
-Definitivamente, tengo que hacerte caso, hablar más alto y con firmeza. Me va a costar pero lo voy a intentar-
Era una familia peculiar, un matrimonio bien constituido, con un hijo llamado Juan de 22 años que estudiaba letras en la UBA. Vivían en una casa añeja ya que la heredaron de los abuelos de Susana la mamá de Juan, techos altos, paredes frías y silencios que abruman por momentos. Todos los mediodías Juan llegaba de la universidad y su madre lo esperaba con el almuerzo preparado, él se sentaba en la mesa del comedor sin emitir muchas palabras, directamente se limitaba a decirle “hola” y “gracias” a su mamá, mientras que ella no toleraba que su hijo sea tan introvertido, que no le cuente nada de lo que ella quería saber.
Susana pasaba las tardes en el patio interno de la casa, con su vecina tratando de arreglar el país, debatían sobre política, economía y hasta los chismes de siempre que recaían en los del barrio. Juan escuchaba esas conversaciones pero jamás de entrometió porque ya conocía el final que podían ser dos: discusión y enojo o simplemente la nada misma.
-Acá es en el único lugar que me siento cómodo, la casa esta vacía y en silencio o sino con esos gritos de mamá o lo que es peor papá mirando partidos de fútbol por la televisión-
-Juancito, es tu familia, sabes como son los tenes que aceptar-
-Si, ya se es mi familia la tengo que aceptar, pero ellos no me entienden a mi, no me conocen como vos.
Juan estudiaba todas las tardes en una oficina que quedaba al fondo de la casa. Ningún otro integrante de la familia quería volver a entrar a ese cuarto, él nunca se lo pregunto porque se sentía bien estudiando ahí. Esa oficina, repleta de libros, cuadernos, escritos y un ventanal perfecto que daba al jardín, fue de su abuelo que había fallecido hacía diez años.
Juan se limitaba a entrar a la oficina, sentarse en el sillón frente al ventanal y estudiar tardes enteras, pero nunca tocó ningún libro, ni quiso leer esos escritos que quedaron por encima del escritorio.
Pasaron varios meses, era mediodía, Juan almorzaba junto a su madre que preguntaba y re preguntaba todo el tiempo cosas sin sentido a lo que él respondía con un lenguaje monosilábico y sin mucho interés. Pero ese día era importante para la familia, se cumplía el aniversario del fallecimiento de su abuelo, su madre le reiteró muchas veces a Juan el pedido de que la acompañe al cementerio, pero el prefirió optar por el silencio y dirigirse hacia la oficina a leer.
-Te juro que estoy cansado que me digan todo el tiempo que tengo que hacer y que no. Es simple no tengo ganas de ir al cementerio-
-Juancito, tu mamá necesita que la acompañes trata de entenderla-
-Ya lo se, pero realmente no puedo, tengo que estudiar aparte no me gustan los cementerios-
-Bueno si ese es tu deseo nadie puede obligarte-
-Gracias por entenderme, gracias-
Esa tarde a Juan lo invadió una duda, lo atrapó sin que él se diera cuenta y empezó por observar mejor la oficina durante los días que transcurrían. Poco a poco, se fue dando cuenta que los libros nunca estaban en el mismo lugar, y que los escritos de arriba del escritorio se desordenaban. Él recordaba que su abuelo vivía prácticamente dentro de esa oficina pero nunca se decidió a preguntar “¿Qué hacia su abuelo allí dentro?, ¿A qué se dedicaba, a estudiar?”. Casi sin pensarlo fue en busca de esa respuesta pero sus padres lo ignoraron completamente. Hasta que llegó el día en el que se animó a sentarse en el escritorio y comenzar a leer el primer escrito que se le cruzó por la mirada.
-Bueno tanto que me insististe voy a empezar a leer esto que esta acá, pero no te prometo que lo entienda, ni que lo critique, simplemente le voy a pegar un vistazo-
-Hazlo, te va a interesar, yo se porque te lo recomiendo-
-No, no sabes si me va a interesar lo hago porque primero me lo pediste y segundo porque en mi casa nadie quiere responder nada.
A partir de aquella tarde Juan transcurría horas y horas leyendo los libros y los escritos que vivían en esa oficina hacia varios años. Sus padres estaban preocupados porque no querían que siga el camino de su abuelo, preferían entrar y quemar todo, para que su hijo siga con su estudio y su propia vida. Sin embargo, no sabían como entablar conversación con Juan:
-Susana, ya sabes como es Juan, muy introvertido y no quiere que nos metamos en su vida. Yo también estoy preocupado en que no quede loco como tu papá, realmente me preocupa-
-Yo tendría que haber quemado todos esos libros y esa oficina, así no nos arriesgábamos a esto- afirmó a los gritos.
Juan fascinado con lo que iba leyendo y descubriendo de su abuelo, cambió los muebles de lugar, le dio vida a aquella oficina que se encontraba en el olvido para toda la familia. Pasaba noches sin dormir, días enteros dedicados a esa lectura, en cada texto encontraba cosas nuevas, inesperadas, las anotaba en su cuaderno personal porque tenía la certeza de que sería de gran ayuda para su futuro.
-Nunca pensé que esto me iba a gustar tanto, al final tenías razón-
-Es que Juancito te conozco mucho, yo sabía que te iba a atrapar-
Susana y su marido, finalmente, no pudieron hacer nada en contra de la vocación de su hijo, inentendible para ellos, pero más que apasionante para Juan. Ese secreto que siempre estuvo entre ellos, su hijo lo heredó sin quererlo ni desearlo.
-Abuelo te tengo que agradecer porque siempre me guiaste y por sobre todas las cosas siempre me aceptaste como soy. Gracias por darme esto tan hermoso que es mi vocación. Estudiar las vidas pasadas de personas importantes como William Shakespeare, Edgar Alan Poe y tantos otros.
-Juancito, te pusiste a pensar ¿Por qué te pasa eso?-
-No, pero igualmente lo que más impotencia me da es que es una de mis materias preferidas-
-Ya lo sé que es una de tus materias preferidas pero capaz tu profesora no te oye bien-
-Si, tenes razón puede ser que no me escuche porque hablo bajo.
-Hablas muy bajo, sos muy tímido e introvertido, tenes que soltarte-
-Definitivamente, tengo que hacerte caso, hablar más alto y con firmeza. Me va a costar pero lo voy a intentar-
Era una familia peculiar, un matrimonio bien constituido, con un hijo llamado Juan de 22 años que estudiaba letras en la UBA. Vivían en una casa añeja ya que la heredaron de los abuelos de Susana la mamá de Juan, techos altos, paredes frías y silencios que abruman por momentos. Todos los mediodías Juan llegaba de la universidad y su madre lo esperaba con el almuerzo preparado, él se sentaba en la mesa del comedor sin emitir muchas palabras, directamente se limitaba a decirle “hola” y “gracias” a su mamá, mientras que ella no toleraba que su hijo sea tan introvertido, que no le cuente nada de lo que ella quería saber.
Susana pasaba las tardes en el patio interno de la casa, con su vecina tratando de arreglar el país, debatían sobre política, economía y hasta los chismes de siempre que recaían en los del barrio. Juan escuchaba esas conversaciones pero jamás de entrometió porque ya conocía el final que podían ser dos: discusión y enojo o simplemente la nada misma.
-Acá es en el único lugar que me siento cómodo, la casa esta vacía y en silencio o sino con esos gritos de mamá o lo que es peor papá mirando partidos de fútbol por la televisión-
-Juancito, es tu familia, sabes como son los tenes que aceptar-
-Si, ya se es mi familia la tengo que aceptar, pero ellos no me entienden a mi, no me conocen como vos.
Juan estudiaba todas las tardes en una oficina que quedaba al fondo de la casa. Ningún otro integrante de la familia quería volver a entrar a ese cuarto, él nunca se lo pregunto porque se sentía bien estudiando ahí. Esa oficina, repleta de libros, cuadernos, escritos y un ventanal perfecto que daba al jardín, fue de su abuelo que había fallecido hacía diez años.
Juan se limitaba a entrar a la oficina, sentarse en el sillón frente al ventanal y estudiar tardes enteras, pero nunca tocó ningún libro, ni quiso leer esos escritos que quedaron por encima del escritorio.
Pasaron varios meses, era mediodía, Juan almorzaba junto a su madre que preguntaba y re preguntaba todo el tiempo cosas sin sentido a lo que él respondía con un lenguaje monosilábico y sin mucho interés. Pero ese día era importante para la familia, se cumplía el aniversario del fallecimiento de su abuelo, su madre le reiteró muchas veces a Juan el pedido de que la acompañe al cementerio, pero el prefirió optar por el silencio y dirigirse hacia la oficina a leer.
-Te juro que estoy cansado que me digan todo el tiempo que tengo que hacer y que no. Es simple no tengo ganas de ir al cementerio-
-Juancito, tu mamá necesita que la acompañes trata de entenderla-
-Ya lo se, pero realmente no puedo, tengo que estudiar aparte no me gustan los cementerios-
-Bueno si ese es tu deseo nadie puede obligarte-
-Gracias por entenderme, gracias-
Esa tarde a Juan lo invadió una duda, lo atrapó sin que él se diera cuenta y empezó por observar mejor la oficina durante los días que transcurrían. Poco a poco, se fue dando cuenta que los libros nunca estaban en el mismo lugar, y que los escritos de arriba del escritorio se desordenaban. Él recordaba que su abuelo vivía prácticamente dentro de esa oficina pero nunca se decidió a preguntar “¿Qué hacia su abuelo allí dentro?, ¿A qué se dedicaba, a estudiar?”. Casi sin pensarlo fue en busca de esa respuesta pero sus padres lo ignoraron completamente. Hasta que llegó el día en el que se animó a sentarse en el escritorio y comenzar a leer el primer escrito que se le cruzó por la mirada.
-Bueno tanto que me insististe voy a empezar a leer esto que esta acá, pero no te prometo que lo entienda, ni que lo critique, simplemente le voy a pegar un vistazo-
-Hazlo, te va a interesar, yo se porque te lo recomiendo-
-No, no sabes si me va a interesar lo hago porque primero me lo pediste y segundo porque en mi casa nadie quiere responder nada.
A partir de aquella tarde Juan transcurría horas y horas leyendo los libros y los escritos que vivían en esa oficina hacia varios años. Sus padres estaban preocupados porque no querían que siga el camino de su abuelo, preferían entrar y quemar todo, para que su hijo siga con su estudio y su propia vida. Sin embargo, no sabían como entablar conversación con Juan:
-Susana, ya sabes como es Juan, muy introvertido y no quiere que nos metamos en su vida. Yo también estoy preocupado en que no quede loco como tu papá, realmente me preocupa-
-Yo tendría que haber quemado todos esos libros y esa oficina, así no nos arriesgábamos a esto- afirmó a los gritos.
Juan fascinado con lo que iba leyendo y descubriendo de su abuelo, cambió los muebles de lugar, le dio vida a aquella oficina que se encontraba en el olvido para toda la familia. Pasaba noches sin dormir, días enteros dedicados a esa lectura, en cada texto encontraba cosas nuevas, inesperadas, las anotaba en su cuaderno personal porque tenía la certeza de que sería de gran ayuda para su futuro.
-Nunca pensé que esto me iba a gustar tanto, al final tenías razón-
-Es que Juancito te conozco mucho, yo sabía que te iba a atrapar-
Susana y su marido, finalmente, no pudieron hacer nada en contra de la vocación de su hijo, inentendible para ellos, pero más que apasionante para Juan. Ese secreto que siempre estuvo entre ellos, su hijo lo heredó sin quererlo ni desearlo.
-Abuelo te tengo que agradecer porque siempre me guiaste y por sobre todas las cosas siempre me aceptaste como soy. Gracias por darme esto tan hermoso que es mi vocación. Estudiar las vidas pasadas de personas importantes como William Shakespeare, Edgar Alan Poe y tantos otros.
María José Castro
No hay comentarios:
Publicar un comentario